Comprendo que la historia pueda tener su interés, pero ese
interés no es el mío ni, en general, el de mi familia. Una chiquilla,
perteneciente a una aristocrática familia española radicada desde hace ya
algunas generaciones en Arequipa es empujada por su madre a un convento; allí,
contra su voluntad, profesa como monja de clausura. Algunos años más tarde, con
ayuda de sus criadas consigue un cadáver, lo viste con su hábito carmelita y lo
prende fuego en su celda del convento de Santa Teresa; aprovechando el
desconcierto se da a la fuga. Años de tesón y lucha contra todos los estamentos
de poder Latinoamericanos, civiles y eclesiásticos copados en
muchos casos por sus propios familiares; ella sola enfrentada a todos, su
tesón, sus agallas, y la razón de su lado hicieron que finalmente en 1839, ocho
años después de su huida, fuera restituida in integrum al estado laical por SS el
Papa Gregorio XVI.
Comprendo, como digo, que esto tuviera su interés en su
momento, gestas militares, órdenes de nobleza, “curiosidades” varias de los
siglos XVIII y XIX, incluso hoy para el propio Vargas Llosa como arequipeño,
pero que casi doscientos años después sigan a vueltas con el tema no lo
encuentro lógico del todo. El periodista que se ha dirigido a mi para obtener
alguna declaración de sus descendientes, lo ha hecho con todo el respeto, con
profesionalidad y parece que ausente de todo morbo, pero es que hoy por hoy
somos muy normales. Ni juzgo a esta señora, ni a su madre que la impidió salir
a tiempo del convento, ni a algún tío obispo que la acalló, ni a su confesor,
como tampoco juzgo a Tupac Amaru, por sacar los ojos, comerse el corazón y
beber la sangre de un tío suyo, hecho tan histórico como su fuga del convento.
No creo que haya venido a este mundo para juzgar a nadie.
Pero sí me da un poco de pena lo poquito que han cambiado las
cosas, fijándonos siempre en lo superfluo. Me alegra ver cómo hoy en día Perú
es un país en fuerte crecimiento económico, pero me gustaría que ese
crecimiento trajera consigo desarrollo para todos, y no estoy muy seguro de que
sea así. Me gustaría que las escandalosas diferencias sociales no perduraran
doscientos años después, que la Justicia se hubiera extendido, pero la extraordinaria labor de los Misioneros
Redentoristas en ese país (valga como pequeña muestra su programa en Otuzco) indican
que las cosas cambian poco con el tiempo y que el esfuerzo de todos es siempre
necesario.
Nada tengo que opinar sobre ella, como nada tengo que opinar
sobre ninguno de mis antepasados; estamentos militares, órdenes nobiliarias,
títulos, prebendas…… y ¿qué?
Personalmente podía haber elegido entre alguna otra, alguna
de aquellas, pero solamente es una cruz la que voluntariamente he decidido
colgarme del cuello. Contento, feliz y orgulloso de hacerlo. No como una
floritura para un retrato o para la solapa de un traje, no. Con convencimiento,
con fe, y con actitud de servicio para lo que se me requiera. No hay más, no hay
otra historia que me interese más que la de la Salvación desde el mundo en el
que me ha tocado vivir; y así es como quiero educar a mis hijas. Porque lo realmente importante es adonde vamos, con quién hacemos el camino y tratar de mostrar a todo el mundo que en Él está la Redención abundante.
Eso sí, todo esto me hace darme cuenta de que amándome Dios
como me ama, habiendo pensado en mi desde el principio de los tiempos, anda que
no han tenido que pasar cosas para que yo llegara a este mundo. Y si tanto ha
sido el esfuerzo, mayor ha de ser el mío
por acercarle a Él a mis semejantes.
No sé si con esto decepcionaré o no al inquieto periodista
que contactó conmigo, pero esta es toda la respuesta que puedo darle.
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